Los comienzos de nuestra lactancia


Con la maternidad y el nacimiento de una criatura comienza, en la mayoría de los casos, la lactancia materna, una experiencia maravillosa que, aunque pase por diferentes y variadas etapas, a veces desconcertantes, de entrada debiera venir sin dificultades. Lo más normal, durante el embarazo, es pensar que todo irá bien, porque así debe ser, yo también lo pensé, ni se me había pasado por la cabeza nada de lo que nos iba a acontecer.

Ésta es la historia resumida de los comienzos de nuestra experiencia, de nuestro afán de superación, de grandes aprendizajes y descubrimientos, también de agradecimiento y mucho amor.

La comparto porque creo que puede ayudar a otras mujeres, a muchas madres perdidas que no saben como afrontarla cuando se topan con las dificultades, a las que caen en el error de pensar que sus tetas no funcionan, porque les falta confianza en sí mismas y no tienen quién les abra los ojos, a las que sienten dolor en sus pechos y en su alma, a aquellas cuyos hijos tienen dificultad para succionar correctamente y alimentarse, o a las que se sienten solas y no saben qué hacer. A todas esas madres sólo quiero decirles que se puede, aún cuando parece imposible, se puede. Con persistencia y el apoyo adecuado.

He de decir que gracias a nuestro parto en casa, con el acompañamiento de la mejor matrona y su inmediata implicación en el tema, pudimos obtener ayuda de las mejores profesionales. Ella nos llevó hasta ellas, cosa que quizá, en medio de tal calvario, nosotros hubiésemos sido incapaces de encontrar. Quién sabe…

Es necesario contar con la ayuda de una profesional, esa persona que va a acompañarte, a guiarte, y a sacarte de las aguas en esos momentos en los que a punto está de llevarte la corriente. Esos momentos en los que a nada estás de abandonar. Los inconvenientes irán desapareciendo en cuestión de semanas, pero aún con el apoyo adecuado parecen eternas… Resistencia, tenacidad, templanza. Lo lograrás (aunque te cueste tanto creerlo).

Nuestra lactancia comenzó con muchísimas dificultades. El dolor fue casi insoportable desde el primer momento. En tan solo unas horas mis pezones estaban muy dañados, y cada toma era lo más parecido a una forma de tortura. Por alguna razón mis tetas y yo no eramos capaces de hacerle frente, algún bloqueo, ya presente durante el parto, seguía manifestándose y yo sólo sentía culpa y frustración.

Además nuestro hijo presentaba algunas dificultades para succionar correctamente, dijeron que un frenillo sublingual bastante limitado y algo de retrognatia (mentón retraído). Sobre este tema recibimos opinión de una mujer, asesora en lactancia, a la que agradecemos su ayuda y disposición, y con la que consultamos los primeros días. Nos aconsejó acudir a una profesional que valorase la posible intervención del frenillo, cosa que dadas las circunstancias e incomodidades del posparto inmediato, en ese momento decidimos y quisimos posponer.

Tuvimos oportunidad de consultar a otra estupenda mujer que, restando importancia a este tema, nos animó a continuar. Su acompañamiento durante tantas semanas nos ha ayudado a lograr lo que parecía imposible.

Ella me enseñó la importancia de permanecer junto a mi pequeño treinta horas al día, piel con piel el mayor tiempo posible y en la cama como dos enamorados en su luna de miel. A entregarme a mi hijo y a sentir, sin pensar, sin buscar significado a los llantos y comportamientos, sólo dejando que suceda y estando presentes. Todo esto es fundamental, y yo lo comprendí con el tiempo.

El camino ha sido duro y la colección de cachivaches extensa: pezoneras de silicona, jeringas de plástico, sacaleches, relactador, báscula pesa bebés,…

Hemos pasado por todo, tras el dolor inicial ya mencionado, la ingurgitación en los pechos, que duros como piedras cubríamos con hojas de col frías para bajar la inflamación, a la vez que «aliñábamos» con aceite de oliva los pezones para completar la ensalada.

Bromas a parte… lo siguiente y más duro fue la angustia que llega a causar el pensar que tú bebé pueda no estar recibiendo el suficiente alimento, y con ello el inevitable descenso en la producción de leche a causa de todas estas circunstancias.

Así llegaron la leche artificial y la técnica dedo-jeringa, a la vez que
el sacaleches y la técnica de extracción poderosa, estos últimos contribuyendo a poner más distancia entre mi hijo y yo y que, por suerte o lo que fuese, abandonamos más pronto que tarde y a tiempo.

También llegó la maravillosa leche donada por una estupenda mamá y amiga, que ahorraba muchos mililitros de leche de fórmula diarios a nuestro pequeño.

Entremedias se presentó un proceso inflamatorio de mi ya antigua mastopatía fibroquística, al fin gestionado y superado gracias a otra bella mujer del gremio, experta en biodescodificación y tantas otras maravillas, que posteriormente continuó ayudándonos puntualmente con la lactancia.

Una perla de leche en el pezón derecho y una ampolla en el izquierdo hicieron su aparición en algún momento.

Y después el relactador, ese fiel compañero que nos ha facilitado tanto el proceso y que permaneció a nuestro lado mucho más tiempo del que inicialmente habíamos previsto, a causa de una complicada relación con la báscula, semana tras semana, a la espera de unos gramos que se hacían de rogar.

Pero no es todo, según mejoraba el estado externo de mis pezones, se hacía presente una mastitis subaguda, con pinchazos como de agujas, que también tardó en marcharse…

Por si todo lo mencionado hasta ahora fuese poco, mis manos y muñecas se han pasado semanas vendadas a causa, muy probablemente, de algún otro bloqueo emocional todavía en trabajo de decodificación y que me ha impedido sostener correctamente a mi hijo durante bastante tiempo. Todavía siguen dando guerra estas muñecas aunque ya sin vendas, gracias a otra terapeuta y amiga que me ayudó a quitármelas.

Y además todo el proceso ha ido acompañado de una gran inseguridad y una falta total de confianza en mí misma ya muy antigua, que en este caso tan propicio, se ha visto reforzada por las opiniones de algunas ovejas que, desde el rebaño, intentan hacer que esa compañera «negra» y descarriada vuelva al redil, así como un papá algo dubitativo y a veces falto de entusiasmo a causa del cansancio y una situación familiar un tanto delicada. No culpo a nadie, ni tan siquiera a mi misma a día de hoy por dejarme arrastrar por las penurias de la mente… aceptar es el camino.

Creo que el tema de la lactancia es un gran desconocido. Incluso para las grandes madres y abuelas, tan vilmente guiadas hacia la desnaturalización de la vida en general, y que ofrecen opiniones desde esas engañosas experiencias adoptadas como correctas y necesarias.

El abandono de la lactancia por parte de una gran mayoría de madres ante cualquier dificultad, dada la falta de información, es un hecho, promovido por los grandes intereses, no sólo económicos, que el sistema tiene en apartarnos de todo lo cercano a la más pura naturaleza.

Yo misma he pensado en tirar la toalla en varias ocasiones, y comprendo que tantas mujeres lo hagan. Sin el apoyo de mi esmeralda de la suerte y esas chateadoras podcastianas, bellas mujeres y madres que me acompañan, no habría sido posible. Esto sumado a lo cabezota que siempre he sido y a lo que mi querido hermano llama tenacidad.

Me siento más que agradecida por todo lo logrado, por lo aprendido, por la mujer reforzada que ha salido de esta experiencia, tras haber superado tantos obstáculos, por haber conocido a tan bellas mujeres y haber consolidado también mi relación con algunas de ellas.

Quiero dar las gracias, muy especialmente, a una mujer, hermana y compañera, quién ayudó, durante varias semanas, como ya mencioné, a alimentar a mi hijo con su leche y la de su pequeña, cuando mi leche escaseaba y conseguíamos así, ahorrarle a mi bebé, muchos mililitros de leche artificial diarios.

Gracias a nuestra matrona y amiga, nuestro ángel, por todo y por siempre…

A mi madre por su amor y cuidados durante el mes que nos acompañó y por tantas otras cosas con las que no voy a explayarme aquí.

A mis suegros por los cachivaches, pescaditos y melones, también por sus buenas intenciones y todo su cariño.

A mi hermano por sus sabios consejos, con toda la luz que me aporta, por su afecto, sus escapadas de día y medio y su habitual presencia aún en la distancia.

Y por supuesto a mi compañero y amor, papá de mi pequeño, que a pesar de los momentos difíciles de los últimos meses siempre está en mayor o menor medida soportándome y ocupándose de tantas y tantas cosas.

El penúltimo agradecimiento y más importante es para ti, hijo, ya que nada de esto hubiese ocurrido sin tu llegada hace ahora alrededor de un año. Gracias por elegirnos, por venir a despertarme del largo y profundo sueño en el que estaba sumida, por ser quién ilumina nuestro camino.

Esmeralda… gracias, gracias, gracias, porque hecho está, por todo el apoyo, por creer en nosotros, en mis tetas, en nuestra capacidad para lograrlo, y por tu gran insistencia para hacérmelo ver en tantas y tantas ocasiones… a veces pienso como no habrás sido tú quien haya tirado la toalla, y como habrás tenido tanta paciencia con mi falta de fe… gracias a ti no llegué a perderla del todo, por eso hemos llegado a donde estamos, sin ti no hubiera sido posible. Qué gran trabajo a pesar de las dificultades que nos puso la distancia. Te lo agradeceré siempre.

Somos dos en uno, o uno en dos.